Identidad y Subjetividades

 

El sujeto en el contexto contemporáneo ha sido comprendido como fruto de un devenir, con lo que se pretende ir más allá de los acercamientos acuñados a comienzos de la modernidad que lo entendían como un sujeto racional y unificado; en la actualidad los acercamientos al sujeto como categoría lo entienden más como un individuo que está en proceso de configuración permanente a través de sus múltiples experiencias y de los vectores que inciden en los procesos de subjetivación que lo instituyen y modulan su subjetividad. Desde este horizonte, una tensión fundamental atraviesa la constitución del sujeto referente a las formas de inscripción dentro del orden social establecido y la posibilidad, en tanto individuo, de alcanzar modalidades de subjetivación, basadas ya sea en el distanciamiento, o ya sea en la sujeción, en el sometimiento, con respecto a las instituciones que rigen lo social e imponen significaciones en torno a la manera como se entienden los sujetos y se norman sus distintos despliegues en la sociedad. 

 

La subjetividad alude “a procesos y dinámicas que constituyen lo propio de la existencia humana: dar sentidos y crear sentidos, articular de manera singular y única experiencias, representaciones y afectos. Es siempre individual pero también social porque las experiencias y afectos están siempre inmersos en lazos sociales”, (Jelin; Kaufman, 2006, p. 9-10). Acercarnos a la subjetividad implicaría, en palabras de Foucault, “estudiar la constitución del sujeto como objeto para sí mismo: la formación de procedimientos por los que el sujeto es inducido a observarse a sí mismo, analizarse, descifrarse, reconocerse como un dominio de saber posible” (Larrosa, 1995, p. 288).

 

En este orden de ideas, Foucault acuñó la idea de la experiencia de sí como una categoría que permitiría dar cuenta de la constitución del sujeto, de su subjetividad, la cual sería, como dice Larrosa, “el resultado de un complejo proceso histórico de fabricación en el que se entrecruzan los discursos que definen la verdad del sujeto, las prácticas que regulan su comportamiento y las formas de subjetividad en las que se constituye su propia interioridad” (Ibíd., p. 270).

 

La experiencia de sí (la subjetividad) estaría propiciada por la relación reflexiva del sujeto consigo mismo en el marco de las prácticas sociales y de los dispositivos que allí se acuñan como escenarios en los que se gesta la producción y mediación de dicha experiencia. Larrosa describe cinco dimensiones imbricadas en la configuración de la experiencia de sí: una dimensión óptica que determina y constituye lo que es visible del sujeto para sí mismo; una dimensión discursiva que da cuenta de qué es lo que el sujeto puede y debe decir sobre sí mismo; una dimensión jurídica, moral, que instituye las formas como el sujeto debe juzgarse a sí mismo de acuerdo a normas y valores contextuados históricamente; una dimensión narrativa que indica qué es lo que el sujeto relata como un personaje cuya continuidad y discontinuidad en el tiempo está implícita en una trama; una dimensión práctica en la cual se establece lo que el sujeto puede y debe hacer consigo mismo (Larrosa, p. 292-293). De estas aristas el autor resalta la dimensión narrativa en la que se imbrican elementos discursivos y jurídicos (morales) al considerarla “esencial para la construcción temporal de la experiencia de sí y, por tanto, de la autoidentidad” (p. 293). En sus palabras:

 

El tiempo de la conciencia de sí es la articulación en una dimensión temporal de lo que el individuo es para sí mismo. Y esa articulación temporal es de naturaleza esencialmente narrativa. El tiempo se convierte en tiempo humano al organizarse narrativamente. El yo se constituye temporalmente para sí mismo en la unidad de una historia. Por eso, el tiempo en el que se constituye la subjetividad es tiempo narrado. Es contando historias, nuestras propias historias, lo que nos pasa y el sentido que le damos  a lo que nos pasa, que nos damos a nosotros mismos una identidad en el tiempo (Larrosa, p. 308).

 

En la constitución de la subjetividad es crucial el horizonte de valores inscrito en la historia personal, horizonte que hace parte del cúmulo de saberes y tradiciones culturales que se van decantando en los distintos contextos históricos y a los cuales accedemos a través de diversas formas de narratividad. Para Lara (1992):

 

el sujeto, hegelianamente vinculado a otros sujetos, interactúa en y a través del lenguaje, desde ese mismo horizonte compartido en el que se definen los espacios morales y se contextualizan nuestras elecciones. Por ello, la narratividad con la que ese sujeto se reconoce es como un largo viaje, en el que se transforman y modifican nuestras nociones e interpretaciones de vida (p. 227). 

 

En este sentido, las memorias sobre la violencia política en América Latina, desplegada desde la década del 60 del siglo pasado, son configuradas a través de las diferentes narrativas que se han venido decantando en torno a los acontecimientos históricos que la generaron y las formas como los sujetos, individuales y colectivos, los han procesado y dado a conocer en contextos marcados por relaciones asimétricas de saber y de poder, que modularon, al mismo tiempo, sus condiciones de posibilidad. A su vez, estas narrativas dan cuenta de las diferentes modalidades de constitución de las subjetividades de sus autores y los distintos escenarios en los que éstas se configuraron. Al considerarse la constitución narrativa de la experiencia de sí situada histórica y culturalmente a través de ella también es posible leer los signos de una época y la configuración de las condiciones de posibilidad que han pautado dicha experiencia. Por ello:

 

La historia de las formas en que los seres humanos han construido narrativamente sus vidas y, a través de eso, su autoconciencia, es también la historia de los dispositivos que hacen a los seres humanos contarse a sí mismos de determinada forma, en determinados contextos y para determinadas finalidades. La historia de la autonarración es también una historia social y una historia política (Larrosa, 1995, p. 311).

cuento para no olvidar